Visitar glaciares en Alaska en 2020

Harding

Alaska, campo de hielo glaciar. 

Alaska es el orgullo del norte americano, que cubre con su manto de hielo y nieve al más grande de sus estados, ese inhóspito lugar con el que los niños sueñan al escribir la carta a Papá Noel. Morada de inmensos glaciares, residencia de valientes nativos, testigo de la fiebre del oro y hoja en blanco que inspira a escritores y aventureros.

La belleza glacial

Los interminables bosques de coníferas tan solo detienen su paso para contemplar atónitos esos altos muros helados llamados glaciares, desde donde surgen lagos y ríos de agua transparente, bordeados por un sinfín de islas y fiordos que moldean las costas alaskeñas, habitadas por aisladas poblaciones que coexisten con un agreste hábitat repleto de animales salvajes.

De este modo, lo ideal para visitar tan excelso territorio es, no solo tener en cuenta y aceptar lo impredecible del clima norteño, sino barajar las múltiples posibilidades de guías turísticas y los mejores cruceros, para no perderse una sola gota de su esencia. Es importante no olvidar llevar buen abrigo combinado con varias capas de ropa y el imprescindible chubasquero, sobre todo los días de verano, donde soleadas mañanas de gafas y protector, dan paso a tardes de paraguas y chaparrón.

Los glaciares de Alaska

Una de las maneras más eficaces de visitar Alaska es en cruceros que recorran toda la costa, asombrándonos con sus níveos paisajes, combinados con pinceladas boscosas y panoramas dibujados con la silueta de montes y montañas, que nos dan la bienvenida a sus imponentes y célebres glaciares.

Glaciar Mendenhall

Próximo a la capital Juneau, completa uno de los parajes más maravillosos del conocido como Pasaje Interior, contando con 19 kilómetros y finalizando en el lago Mendenhall, donde unos prismáticos o una buena cámara de fotos pueden ser nuestros más eficaces aliados a la hora de admirar el horizonte que se abre ante nuestros ojos.

Bahía de los glaciares

Esta bahía —parque nacional y reserva natural—, es uno de los destinos más vistosos del litoral alaskano al final del Paso del Interior, una ruta que viaja a lo largo de las islas que recorren desde la Columbia Británica canadiense hasta el sureste de Alaska, conteniendo varios de los más hermosos glaciares:

  • Glaciar Muir: de 18 kilómetros de largo, lleva el nombre del afamado naturalista John Muir, que se dedicó con sus libros y escritos al fomento de esta región y el interés de su preservación.
  • Glaciar Margerie: de 34 kilómetros de longitud, ocupa una zona tanto de Estados Unidos, como de Canadá.
  • Glaciar John Hopkins: con 19 kilómetros, se llama así en honor a la Universidad del mismo nombre situada en Baltimore, Maryland.
  • Glaciar Lamplugh: de 13 kilómetros, su nombre se debe al miembro de la Royal Society, George W. Lamplugh, quien ganó la más que apreciada Medalla Wollaston de la Sociedad Geológica de Londres.

Alrededores de Anchorage

La ciudad más poblada del estado, con un enclave espectacular y protegida por los fiordos de Kenai, alberga algunos de los más fantásticos glaciares de la región.

  • Glaciar Knik: a solo 80 kilómetros al este de la ciudad, su hielo ocupa los 40 kilómetros de largo, siendo uno de los mayores glaciares de Alaska, que acaba desembocando en el río Knik.
  • Glaciar Matanuska: este valle tiene algo más de 40 kilómetros, convirtiéndose en el glaciar de mayor tamaño al que se puede llegar por carretera. Termina en el río Matanuska y se localiza a 160 kilómetros de Anchorage.

Así pues, entre estos rincones y tantos otros, Alaska se ha bautizado como “la última frontera”, un sitio donde poder perderse entre sus riscos pintados de blanco y fascinarse por sus cristalinos amaneceres, relatando historias que plasman lo que Jonathan Raban descubrió, ya que hasta ese momento «jamás se habían visto mapas en los que la tierra y el mar estuvieran tan intrincadamente enredados en un garabato de color azul y beige«, que invitan al buen observador a explorar con la mirada el paraíso de los glaciares.